Por: Menna Medhat
Me dirijo al mismo lugar, no me acuerdo por la cuánta vez, pero esta vez, con otro tipo de dolor, esta vez soy viuda…El dueño me mira con lástima y dice: “Otra vez, ¿tú?”
Entro sin responder ni pedir permiso y me siento en la sala de espera. Me gusta llamarla la sala de heridas. El dueño se me acerca preocupado.
“Te estás haciendo mucho daño”, continúa mirándome mientras yo ni siquiera le hago caso: “No puedes quitar nada más de tu memoria, eso te llevará a un sinfín de problemas, te volverás loca”.
Me sigue mirando, respiro hondo y le digo con la voz ronca: “¿Quién te ha dicho que estoy sana? Por favor, hazlo”. Le muestro la enorme cantidad de dinero que llevo en una bolsa.
Vamos a una habitación poco luminosa con muchos dispositivos. El dueño hace lo de siempre, usa la magia de tecnología para vincular mi mente con una pantalla.
“Quiero quitar estos tres recuerdos”, digo con miradas frías.
Me mira chocado mientras pregunta: “Así no te quedará nada. Lo perderás todo, ¿por qué quieres eliminarlo todo?”.
“¡No hay nada que valga ser recordado! No sirve para nada vivir con el dolor, no quiero estos recuerdos, me hacen revivir cada momento como si estuviera viendo una película, pero en aquella película, soy yo la protagonista. No sabes cuánto duele”.
El dueño se quita las gafas y habla sin mirarme: “Lo sé muy bien, yo quería hacer lo mismo, eliminar todos los recuerdos de la hija mía, que está muerta”.
Le miro con choque, el primer momento en el que presto atención mientras sigue: “Me atormenta su recuerdo, pero nunca he podido eliminarlo. Sí que duele, pero están vivos dentro de nosotros, no hay que hacer que mueran otra vez”.
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