Por: Muhammad Yusry
Subí al metro, que estaba pintado de ese color que no me gusta: verde claro, pues, vamos, ni modo, no sé por qué lo usan. Miré por ahí y por allá en búsqueda de algún asiento que me encajara, observé que ahí al fondo había dos asientos libres, se escribió ahí:” para las personas mayores”. Soy joven, o mejor dicho, con aspecto de un joven. Miraba por la ventana que daba a un aeropuerto, donde había aviones y helicópteros militares, con sigilo, me entraron pedazos de ganas de dormir, escuchaba a aquel Imam cuya voz me gustaba grabar para escucharla en otro momento. Me cayó una lágrima, entonces, ya está, es la hora de dormir después de mucho tiempo de trabajo que siempre me gustaba tener, ¿No?
Desperté.
¿Por qué ese ruido? ¿Por qué hablar y gritar, gente?
Miré con un ojo y se me empezaron a llegar las voces con claridad:
—El metro no se detiene en las paradas, el conductor no responde.
—¿No hay salida de emergencia? ¿Cómo no hay otra forma de pararlo?
—¡De verdad! ¿Qué hacer?
Me desperté, fijándome en la acción. Estáis de broma, ¿no? Cuanto más tiempo pasa, mayor es el peligro. Hablábamos y llamábamos a mucha gente para que nos salvara. Si hubiera rezado… habría…
Si hubiera llamado a… habría…
Mucho pensamiento que me revienta la cabeza.
Cuando hablábamos un hombre del Alto Egipto y yo, me llamó la atención que había un hombre que estaba muy callado, tranquilo, miraba en silencio, sin sonrisas, sin mover ningún dedo, ni le animaba la acción a ver o preocuparse. Yo escribo esta historia, muerdo las uñas, a lo contrario de él. Me acerqué y me dijo que la solución es dormir, ahí no sentirás ningún daño.
Tiene razón, al dormir no percibimos el tiempo. Me dieron náuseas, me dio un pánico tal que no podía respirar. El pecho, el pecho… siento que alguien me abraza y que me jode los huesos. El corazón latía con tanta fuerza que era capaz de desafiar al metro en alguna carrera.
Perdí el conocimiento y, cuando desperté, me encontré en el asiento, y el hombre estaba ahí observándome. Me miró y, cuando llegó la parada, bajó como si no hubiera ocurrido nada.
Todo normal. Decididamente, escribiré la historia. Mientras escribo, observo el aeropuerto y percibo que escucho la voz del Imam.
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