Por: Menna Medhat
Él fue el escritor más brillante de todos los tiempos. Como todos los días, se puso a escribir. Mojó la pluma en la tinta y esperó. La tinta empezó a gotear de la pluma golpeando el papel a un ritmo regulado. Se empezó a sudar. Nunca le había pasado algo parecido. Se disfrazó enseguida y fue directamente a la tienda de ideas para comprar cualquiera. Si le hubiera visto a alguien, sería un escándalo grave. «Pues, ¡qué vergüenza que estés aquí, Don!», dijo el dueño con una sonrisa pícara. «No te puedes disfrazarte de mí. Siempre te decía que ibas a necesitarme alguna vez». «¡Chist! Baja tu voz. Te daré lo que quieras. Dame una», dijo el escritor mirando a todo lado.
«En vez de actuar como si estuvieras a punto de robar un banco, intenta de nuevo encontrar una idea». Le aconsejó el dueño.
«Lo intenté…», respondió el pobrecito.
«Te puedo vender una, pero perderás tu talento para siempre y seguirás comparándolas y fingiendo que son las tuyas, como hacen todos».
«¿Qué me recomiendas?»
«Escribe tus sentimientos, estos nunca acabarán».
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